Presidente regional de la Mesa de Jóvenes Rurales, Gonzalo Castillo, es Personaje del Año en Magallanes
Autor: Cristián Morales
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Si algo encarna este líder y vocero, es una invitación a volver a la tierra. No como retroceso, sino como elección consciente. Como un negocio posible, una identidad viva y un proyecto de vida moderno sin dejar de ser campesino. Y, sobre todo, como una respuesta concreta a una pregunta: ¿quién va a producir el alimento del futuro?
Su impulso, y el trabajo sostenido que viene empujando desde el mundo rural, fue reconocido por La Prensa Austral en su tradicional selección anual de “Personajes Destacados”, donde Gonzalo fue incluido entre las figuras del año en Magallanes. En una región donde el diario impreso sigue siendo archivo y memoria cotidiana, La Prensa Austral circula cada domingo bajo el histórico nombre de El Magallanes, que se remonta a 1894 y que forma parte de la larga tradición periodística del país.
A pocos metros del Hospital Clínico de Punta Arenas, donde la ciudad se estira con prisa y las nuevas construcciones van estrechando los bordes del campo, el predio de Gonzalo Castillo parece una aldea gala. Como en el cómic de Uderzo y Goscinny, hay un pequeño territorio que decide no rendirse mientras alrededor avanza el imperio romano. Solo que aquí no hay cascos ni catapultas. Hay viento, urbanización y presión por la tierra. Y la poción mágica no hierve en un caldero: crece en el suelo. Hortalizas frescas y sanas, cultivadas con mirada agroecológica, verde que no viaja miles de kilómetros ni depende de una cadena de frío interminable. Afuera, el cemento empuja. Adentro, la tierra insiste.
“Muchos creen que el campo es puro sacrificio o pura nostalgia”, dice Gonzalo. “Pero también es futuro. Se puede vivir de esto, se puede hacer bien y se puede hacer rentable. Para mí la agricultura es negocio, sí, pero sobre todo es vínculo. Es quedarte en la tierra como lo hicieron los abuelos, solo que hoy con internet, con herramientas nuevas, con otra cabeza. Lo que quiero es que más jóvenes se vean acá, que entiendan que producir en Magallanes no es una locura, es una oportunidad”.
Gonzalo no habla desde la teoría. Es cuarta generación de agricultores y recorre su predio como quien lee una historia familiar escrita en surcos, invernaderos y viento. El orgullo se le nota cuando presenta a su abuelo, Juan Marco Mancilla Harambour, que a sus 96 años sigue siendo testigo del oficio, y cuando nombra a su abuela Marina Edith Ojeda Ojeda, ya fallecida, ex dirigenta de INDAP, a quien reconoce como una de las raíces que sostuvo el impulso hortícola de la familia. En esa memoria hay trabajo y también carácter. Hay una forma de mirar la tierra como algo que se cuida, se aprende y se hereda. Por eso, su negocio se llama Huerto Herencia de Abuelos.
Pero la historia de Gonzalo no se queda en el predio. Porque en esa “aldea” cercada por la ciudad, además de producir, organiza. Hoy es presidente regional de la Mesa de Jóvenes Rurales y vocero nacional de los jóvenes agricultores del país. Desde ese rol se ha convertido en una voz visible del campo y sus necesidades. Conoce de cerca las tensiones del territorio, el costo de producir en clima extremo, el desafío del agua, la estacionalidad, la presión urbana sobre el suelo agrícola, la falta de infraestructura adecuada, del acceso a tecnología y de la necesidad de que el Estado y las ciudades miren al mundo rural no como paisaje, sino como parte estratégica del desarrollo.
Lo dice con claridad cuando habla de abastecimiento. En Magallanes, la agricultura regional cubre apenas el 11% de las necesidades de la región. El resto llega desde lejos, recorriendo miles de kilómetros en cadenas de frío que encarecen y vuelven frágil lo más básico. Para Gonzalo, ese dato no es una condena, es un argumento. “Si dependemos de lo que viene de afuera, cualquier cosa nos afecta. En cambio, producir acá es soberanía, es frescura, es economía local. Y también es una oportunidad concreta para que los jóvenes se queden”.
Su predio funciona como prueba. No por grandilocuencia, sino por método. Invernaderos en construcción, mejoras de infraestructura, planes para autoabastecerse de plántulas y comercializar excedentes. La mirada agroecológica no aparece como moda, sino como una decisión práctica en un territorio que exige cuidar el suelo, optimizar recursos y producir con calidad. Gonzalo habla de eficiencia sin abandonar la identidad. De tecnología sin cortar el vínculo con la tradición. De internet y comodidad sin perder el oficio.
En su liderazgo, la palabra clave es relevo. No como eslogan, sino como urgencia. Por eso empuja encuentros, conversaciones y rutas de trabajo con otros jóvenes rurales, donde lo central no es la foto, sino el intercambio de soluciones y experiencias. “El futuro del campo no se decreta”, repite, “se teje”. Se teje en redes, en colaboración, en decisiones de vida que necesitan apoyo real para sostenerse.
En una región donde el cemento avanza y el campo suele quedar fuera del relato urbano, Gonzalo insiste en lo contrario. La agricultura no es el pasado. Es una posibilidad de futuro. Y el mundo rural no se defiende solo con romanticismo, se sostiene con organización, inversión, innovación y una voz joven que se atreve a decirlo en público. A pocos metros del hospital y del crecimiento de la ciudad, su “aldea” sigue de pie. No como excepción pintoresca, sino como señal.