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Empresa familiar de Petorca innova con golden berry: jugo, infusión, sachets de pulpa y helado vegano
Hasta 2017, la agricultora Berta Aravena Aballay (56) producía tomate en invernadero y al aire libre, sandía, melón, lechugas y otras hortalizas en su predio de 2,5 hectáreas ubicado en la localidad de Pedegua, comuna de Petorca. Ese año incorporó un nuevo cultivo, que hoy ocupa el centro de todo su quehacer y proyectos de innovación: la physalis peruviana, una planta arbustiva andina cuya baya comestible destaca por sus ricas propiedades nutricionales y medicinales.
De amplia distribución en América del Sur, la physalis es conocida como uchuva en Colombia –la principal nación productora a nivel mundial–, como aguaymanto en Perú, como uvilla en Ecuador y como golden berry en Chile. Su fruto, de sabor agridulce, es esférico, dorado, con gran cantidad de semillas y está envuelto en un capacho o cáliz de cinco sépalos que le brinda protección natural.
En nuestro país se cultiva preferentemente en la zona central, en extensiones no muy significativas, y se suele comercializar la baya fresca en bandejas de 150 a 200 gramos en algunos supermercados y ferias. Sin embargo, su consumo no es muy común, a diferencia de países como Perú, en donde se pueden encontrar platos, postres y cocteles con este fruto como ingrediente principal.
Usuaria del Programa de Desarrollo Local (Prodesal) de INDAP en Petorca desde 2001, año en que decidió dedicarse a la agricultura tras haber trabajado como secretaria de una firma de ingeniería durante una década, Berta decidió el año pasado –“por razones de peso”, afirma– dedicarse por entero a sus plantas de physalis para efectos comerciales y dejar el resto de sus cultivos solo para autoconsumo.
“El tomate no rentaba bien y cada vez se hacía más difícil su producción en la zona. El golden berry, en cambio, se puede cosechar durante todo el año y tiene menos requerimiento de agua, algo muy escaso estos días. El click lo hice cuando la Universidad Católica de Valparaíso instaló una parcela demostrativa en mi predio, con este fruto y hierbas medicinales. Actualmente tengo 650 plantas en producción y otras tantas en su fase de crecimiento en almácigos”, cuenta la agricultora.
Este año, con el apoyo de su familia –su marido Víctor Gajardo, que trabaja el campo junto a ella, y sus hijos Carola y Víctor, quienes se encargan del diseño, etiquetado y redes sociales–, Berta lanzó su marca, Eco Goldie, que tiene como sello la producción agroecológica de physalis y la innovación.
“Lo primero fue hacer mermelada, porque hay mucha gente que no conoce este fruto. Luego seguí con jugo natural, que es lo que ha tenido más éxito, porque la gente se sorprende; con una compota con mote, como el mote con huesillo, y con infusión. Ahora estamos por sacar pulpa en sachets y un helado vegano con la idea de venderlos durante esta temporada estival”, comenta.
La venta de sus productos hasta ahora se ha concentrado en mercados locales, en el supermercado La Estrella de Cabildo y a particulares. “El año pasado estuvimos en la Feria Sin Gluten y un hito fue nuestra participación en la ExpoMundoRural de INDAP en Santiago en mayo de este año, donde vendimos todo y tuvimos excelentes comentarios de chefs y gente del mundo hotelero”, afirma Berta.En ese sentido, espera estar próximamente con sus productos en la Tienda Mundo Rural del Centro Cultural La Moneda y otras tiendas de alimentación saludable para expandir sus ventas.
Ubicada en la comuna ícono de la sequía, la agricultora señala que un tema central siempre ha sido la disponibilidad del recurso hídrico, tema en el cual destaca el apoyo que ha recibido de INDAP, a través de créditos y subsidios para contar con un pozo, un acumulador de agua y riego tecnificado, además de invernadero, resolución sanitaria y asesorías para realizar una producción sostenible de sus cultivos. “Con aciertos y errores, hemos aprendido y nos hemos ido adaptando”, afirma.
En este camino de emprendimiento también abrazó la producción agroecológica, por su deseo de ofrecer productos sanos. “Por la influencia de mis hijos aprendí que los pesticidas son muy dañinos para la salud, además de carísimos, así que fui aprendiendo, a través de INDAP, el INIA e internet, a hacer abonos de ortiga y ajo, biopreparados, trampas biológicas para insectos, bandas de flores y otros manejos. Aprendí de cero y sigo buscando conocimientos”, dice.
Hoy Berta está trabajando también en habilitar su predio para recibir a quienes estén interesados en distraerse, tener una vivencia campesina, aprender a cultivar sus propios alimentos en la ciudad y conocer la physalis peruviana que hoy ocupa toda su atención.
El director de INDAP Valparaíso, Sergio Valladares, destacó el trabajo de esta emprendedora. “La señora Berta está rescatando un cultivo andino que se produce poco en Chile y que tiene muchas propiedades beneficiosas para el ser humano, y lo está haciendo en un sector muy golpeado por la sequía, demostrando la importancia de la resiliencia y la capacidad de adaptación frente al cambio climático”, comentó.
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INDAP apoya a artesano de Cabo de Hornos Cristóbal Toro en sus oficios de soguero y tallador en madera
Cristóbal Toro aseguró que la paciencia y la perseverancia son los ingredientes para un trabajo de excelencia durante la visita que realizaron autoridades del agro a su taller, ubicado en el centro de Puerto Williams, a pocas cuadras del Canal Beagle.
La tarde es fría y húmeda en Cabo de Hornos, pero en el taller de Cristóbal Toro (38) el calor de la creatividad se siente en el aire. Sobre una pequeña mesa descansan tiras de cuero, herramientas de metal brillante y virutas de madera de coigüe esparcidas como evidencia de horas de trabajo. En este espacio donde la historia y el oficio se entrelazan, este soguero y artesano en madera da vida a piezas únicas que combinan la tradición de la talabartería y la carpintería patagónica.
Con una maceta en la mano, Cristóbal golpea el cuero sobre un sobador, herramienta fundamental para suavizar la piel animal. Aquí no hay prisas. Cada golpe resuena como un compás marcado, una muestra de la paciencia infinita que requiere transformar un trozo de cuero en un cinturón de alta calidad. “La paciencia y la atención al detalle son esenciales”, explica Cristóbal, mientras su mirada recorre el taller. “Un cinturón puede tomarme varios días para que quede perfecto, pero cuando se hace con dedicación el resultado vale cada segundo invertido”, dice.
Hasta el taller, ubicado a pocas cuadras del canal Beagle, llegaron la seremi de Agricultura, Irene Ramírez, y el director regional de INDAP, Gabriel Zegers. Fascinados por la calidad y la autenticidad de las creaciones de Cristóbal, los visitantes destacaron el valor cultural de sus oficios. “La artesanía de Cabo de Hornos, con su talabartería, soguería y trabajo en madera, trasciende fronteras al constituirse en un verdadero lujo cultural y patrimonial. No solo representa una expresión artística ligada a la historia y las tradiciones de uno de los territorios más australes y desafiantes del planeta, sino que también encierra saberes ancestrales que son parte esencial del patrimonio inmaterial de la región”, expresó Ramírez.
Zegers, por su parte, hizo hincapié en la importancia de preservar estos oficios: “Su calidad o hechura, como dicen en el campo, es reflejo del trabajo meticuloso y retoño a su vez del cultivo de las relaciones con los grandes maestros sogueros de la Patagonia. Conmueve el profundo sentido que se observa en los detalles de su obra y el valor de uso para las labores del campo y la crianza de animales. Es un honor para nosotros, a través del Programa de Desarrollo Local (Prodesal) y del municipio, servir de apoyo al proyecto de Cristóbal".
La conexión de Cristóbal con los materiales que trabaja es casi espiritual. De su padre, un contratista con habilidad para la carpintería, heredó el amor por la madera. Sin embargo, su pasión por la soguería y la artesanía en cuero surgió de su deseo de crear con las manos, de dejar un legado tangible en una tierra que es tan agreste como bella. Las maderas de lenga y coigüe son sus favoritas, pero deben estar secas y tener entre 10 y 12 por ciento de humedad. “Si no, se deforman con el tiempo”, asegura mientras palpa una tabla con destreza y sentencia una futura obra.
El cuero es otra historia. Conseguirlo en Cabo de Hornos no es tarea fácil. A veces, amigos le regalan pieles, pero Cristóbal prefiere los cueros de animales desangrados, porque los otros son más difíciles de trabajar. Los mortecinos, explica, conservan la sangre y endurecen la piel, complicando el proceso. “Todo debe empezar bien para que el resultado sea perfecto”, comenta.
No todo ha sido fácil en su camino. Las herramientas necesarias para su arte, como sierras circulares y cepillos eléctricos, son difíciles de conseguir en este rincón del mundo. Es ahí donde INDAP ha jugado un papel crucial. “Gracias a ellos me gané un proyecto que me proporcionó máquinas esenciales”, reconoce con una sonrisa agradecida. Estas herramientas han transformado su trabajo, permitiéndole elevar la calidad de sus creaciones y hacerlas más accesibles al público. Sin ese apoyo, dice, muchas de sus obras no hubieran sido posibles.
La obra de Cristóbal se vende en Puerto Williams y Punta Arenas. Sus clientes lo buscan, atraídos por la calidad y el detalle de cada pieza. “Un cinturón sencillo cuesta 25 mil pesos, pero uno trabajado con detalles alcanza los 40 mil”, explica. Sin embargo, su dedicación va más allá de la simple transacción económica. Sus productos son testigos de una tradición viva, de un arte que no cede ante la modernidad.
En redes sociales, Cristóbal ha encontrado una ventana al mundo. En su cuenta de Instagram, Artesanías Toro Cueros y Tablas, comparte las historias detrás de cada creación, desde las tablas de picoteo talladas con amor hasta los letreros de madera que adornan hogares patagónicos. Sus seguidores no solo aprecian sus obras, también entienden el valor de la paciencia y la atención al detalle que él pone en cada una.
Cristóbal Toro es un artesano y un guardián de oficios ancestrales, un creador que mantiene viva la esencia de la vida en Cabo de Hornos, donde cada pieza lleva consigo la identidad y el alma de la Patagonia.